miércoles, 29 de diciembre de 2010

La semana de los regalos

Si tuviese que poner algún nombre a la presente semana, sería "La semana de los regalos". Suena fome, pero refleja la realidad que me ha tocado vivir.
No bastaron los regalos de Navidad, que por cierto, estuvieron muy buenos; ropa, bolsos, aros, cremas y todas esas cosas con las que alucinamos las mujeres. Además estuve junto a la persona que coloca azul mi corazón. Creo que con eso, basta y sobra.
Pasaron los días, y llegaron más regalos: bandejas para tortas, chocolates, dulces, cama nueva, sandalias y zapatillas. Como aclaración, los regalos anteriormente nombrados, no guardan relación con la Navidad, pues son regalos externos.

Ya era la felicidad máxima. 
Pero los regalos no me importan. Yo soy feliz en un estado natural, relacionándome con lo más puro del universo. Una sonrisa, un abrazo o una mirada pueden cambiar la percepción de la vida, de la historia, de lo que hemos vivido, y de lo que viviremos.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Los días pasan...

Pensamientos extraños abundan en mi cabeza. Se hace muy difícil pensar en el poco tiempo que le queda a este año maléfico, odiado por el mundo. Pasaron muchas cosas, que a mi parecer no tienen nada de sorprendente, pues siempre ocurren. Lo raro radica en como la personas demoran en darse cuenta de la realidad. Cada día vemos delicuencia, catástrofes y violencia en extremo.
A estas alturas nada me sorprende. Es más, tendría que pasar algo muy extraordinario para que me digne a levantar de mi asiento, abra los ojos, lleve una mano a mi boca, y emita un leve gritito de preocupación.

En este momento mi mundo está centrado en la felicidad gatuna, en las alegrías que nos pueden regalar aquellos seres con mirada misteriosa.

domingo, 12 de diciembre de 2010

La niña que se cree loca

La niña que se cree loca tiene muchos amigos, pero en el fondo no tiene a nadie. Está sola, desgarrada, escupiendo sangre por la boca. Sangre dolorosa e incolora, porque hasta la sangre está podrida.
Tiene veneno en el cuerpo, cuidado con acercarse a ella, pues las apariencias engañan.
Los gusanos son sus mejores amigos, pero eso es un secreto. Nadie lo sabe, sólo ella. 
Por las noches, cuando todos duermen plácidamente en sus camas de satín, ella corre hacia el jardín en busca de aquellos seres alargados y babosientos, moviéndose al compás de la música que emana el silencio ensordecedor.
Corre y juega, rie y baila. No hay nadie como ella.
La loca de los escritos, la loca de los colores, la loca que juega a ser loca
Sólo es un ser putrefacto condenado a vagar por el mundo. 

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Alegría del corazón


Un poco de sopa para el frío valdiviano
recorriendo los huesos
cansados y matizados de colores.
Un poco de televisión para engañar a la mente
que guarda para sí, los secretos del jardín de la esquina.
Un día soleado, nublado o lluvioso
para animar las tristezas de la cotidianidad.
y tu mirada
para animar las tristezas del corazón.

Imágen y texto: Transocéanica

sábado, 4 de diciembre de 2010

Blog amigo: Luna Cítrica


Los invito a pasar por Luna Cítrica, un blog para viajar a través del mundo...
http://lunacitrica.blogspot.com/

Lágrimas dulces
Lágrimas enojadas
Lágrimas burlescas
Lágrimas desesperadas
Lágrimas tiernas
Lágrimas odiosas
Lágrimas balbuceantes
Lágrimas salameras
Lágrimas intertextuales
Lágrimas de telenovela
Lágrimas causales
Lágrimas de colores
Lágrimas formativas
Lágrimas de amor
Lágrimas de envidia
Lágrimas melodiosas
Lágrimas juntas
Lágrimas separadas
Lágrimas pensativas
Lágrimas especiales
Lágrimas espaciales
Lágrimas "basta ya"
Lágrimas bestiales
Lágrimas cansadas
Lágrimas veloces
Lágrimas esplendorosas
Lágrimas fugaces
Lágrimas atípicas

Elige la tuya...

la vida en fresa, pero al revés

Necesitaba una pala
para recoger las memorias que desbordaban
una infinita tristeza melancoazulinea.
El caracol en la ventana
recordaba esos días fríos en los que tomaba café cargado de azúcar rellenando los vacíos que cada vez abismaban en la ojera curvilínea de mi cuerpo maltratado por el tiempo que pasa y pasa

y yo seguía nevando

Consumismo navideño

Ella. Impaciente. Intranquila.

No entendía porque seguía en ese lugar deshabitado, con los pies congelados y las manos húmedas y tiritonas de tanto usar el teclado.

Prolongar las horas.

Malgastarlas.

Esperaba.

Algo de mí la entendía.

Recuerdo que cada vez al pasar frente a una tienda de accesorios, en especial aros, yo quedaba embobada mirandolos e instantaneamente quería un par. Y lo compraba. Y era feliz en ese momento. Sólo en ese momento. Luego los colocaba en un lugar especial de mi dormitorio, y ellos como niños esperaban ser elegidos para alguna salida extraordinaria en el caótico mundo de los humanos.

Seguía esperando.

Sólo quedaban pocos segundos para la partida.
La rabia y la decepcion volvian nuevamente. No entendia por que. No habia error. Si le preguntabas a alguien cual era el error seguramente no sabrian que decirte. Quedarian mudos, perplejos de asombro. Y me dirian loca.
Pero la verdad no me importaba. Yo estaba sumida en los pensamientos vagos y negros que habitan el paisaje tranquilo y armonioso. Los arboles se ven muy verdes, las flores bailan de alegrìa. Unas nubes cerca. No me preocupo. Me gusta el paisaje, me gusta el viento y sentir la sensaciòn helada en mis orejas. Unas nubes cerca. Las hojas hacen un recorrido semi circular, intentan encontrarse o intentan encontrar a alguien en el peor de los casos. Alguna hoja descarriada emprendio un nuevo rumbo y se alejo de sus hermanas.
Yo siempre he pensado que las hojas tienen vida. Ellas me miran, sonrien o lloran. La mayoria de las veces estan tristes. Tengo un album, en cada camino recojo una y las pego en el cuaderno. Cada hoja es una historia, mi historia.

Me quedo en el paisaje. No quiero regresar. Me quedare allì, esperando. Esperando algo, un no se que, pero algo.

Una hoja cafe en la albombra otoñal...quieres venir conmigo?
Frió. Pensativa. Rabia. Pensativa. Envidia. pensativa. No entendía porque regresó. El frío a veces resultaba un buen reflexionante y le ayudaba con ideas para sostenerse frente al mundo. La garganta sentía una nudo. Anudea. Ella también. La garganta pensaba en como se enfrentaría al próximo alimento con el cual bailaría hasta el anochecer. Verdad que a ti hay que explicarte todo. Que poco lector participativo eres. Sus ojos se cerraban, estaba débil (¿psicológicamente?). Quería desaparecer, olvidarse del cielo, del infierno y del purgatorio (si existía). Se miraba frente al espejo. Piel pálida, pelo opaco, ojos sin vida, manos desorbitadas, uñas desalineadas. Libros, más libros, necesitaba libros para leer, los deseaba, los llamaba con todas sus fuerzas, palabras, olores y amores. Un hueso crujió. La edad pensaba. “Ya estoy vieja”. Todos admiraban su nueva hermosura y feliz caminaba por el túnel de la vida catastrófica. ¿Suficiente? Ojos cerrados, basta ya! No los serviré. Esa prueba. Azul. Agua. Mañana es un nuevo día para sufrir. Estaré ausente pero presente. Gracias por la MAYUSCULA.................walking in the sun.....................,

Después de una noche de placer agraz

Es increíble como un recuerdo poco ameno puede amargar todo lo que uno construye. Seguramente pensarán en la frase tan manoseada que algunos la dicen y se olvidan de lo que realmente significa decir "no te preocupes, olvida el pasado y vive el presente" como si fuese fácil.
Es difícil dejar las cosas atrás por un sencillo motivo; el hoy es parte del ayer, todo está conectado. Cuantas veces deseé que no fuese así, que por un minuto todo sea distinto y quiero vivir en el mundo paralelo del que hablan todos, pero no sola, porque sola no se puede vivir. Soy egocéntrica pero necesito del resto, aunque a veces me desesperen.

Me aburre la gente que habla de sus problemas, más bien las que se hacen con problemas, los depresivos que pintan sus casas de color negro y que no tienen escapatoria porque son unos rezagados de Dios. Y se van a morir, se van a morir. Claro que se van a morir. Lo hacen de a poco, las palabras tienen poder.

La tos que no me deja. Siento mi garganta reseca. Necesito agua, también necesito cerrar mis ojos, descansar, olvidarme un rato de este mundo loco y viajar a mi país donde me esperan los seres amorfos, esos que no han sufrido daño por parte de los humanos. Los amorfos son puros, pensar en ellos me recuerda el corazón de un niño.

Tomo un poco de té para olvidar...
Sentada en la cama escuchando su rola favorita no sabía que hacer
el pensamiento negro acerca de la vida, de su vida, ya no la dejaba tranquila.
El día se veía prometedor
ahora es la pasajera que recorre las calles
invitando a cada hoja vacía al baile de los perdidos
Tú foto chueca en mi escritorio
querrá decir algo?
la lejanía no es algo lejano, la lejanía es mi mayor acompañante.

El techo...

la lluvia y yo
yo y la lluvia
somos una.

Viaje Cero

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La muñeca menor





Por: Rosario Ferré

La tía vieja había sacado desde muy temprano el sillón al balcón que daba al cañaveral como hacía siempre que se despertaba con ganas de hacer una muñeca. De joven se bañaba menudo en el río, pero un día en que la lluvia había recrecido la corriente en cola de dragón había sentido en el tuétano de los huesos una mullida sensación de nieve. La cabeza metida en el reverbero negro de las rocas, había creído escuchar, revolcados con el sonido del agua, los estallidos del salitre sobre la playa y pensó que sus cabellos habían llegado por fin a desembocar en el mar. En ese preciso momento sintió una mordida terrible en la pantorrilla. La sacaron del agua gritando y se la llevaron a la casa en parihuelas retorciéndose de dolor.
El médico que la examinó aseguró que no era nada, probablemente había sido mordida por una chágara viciosa. Sin embargo pasaron los días y la llaga no cerraba. Al cabo de un mes el médico había llegado a la conclusión de que la chágara se había introducido dentro de la carne blanda de la pantorrilla, donde había evidentemente comenzado a engordar. Indicó que le aplicaran un sinapismo para que el calor la obligara a salir. La tía estuvo una semana con la pierna rígida, cubierta de mostaza desde el tobillo hasta el muslo, pero al finalizar el tratamiento se descubrió que la llaga se había abultado aún más, recubriéndose de una substancia pétrea y limosa que era imposible tratar de remover sin que peligrara toda la pierna. Entonces se resignó a vivir para siempre con la chágara enroscada dentro de la gruta de su pantorrilla.
Había sido muy hermosa, pero la chágara que escondía bajo los largos pliegues de gasa de sus faldas la había despojado de toda vanidad. Se había encerrado en la casa rehusando a todos sus pretendientes. Al principio se había dedicado a la crianza de las hijas de su hermana, arrastrando por toda la casa la pierna monstruosa con bastante agilidad. Por aquella época la familia vivía rodeada de un pasado que dejaba desintegrar a su alrededor con la misma impasible musicalidad con que la lámpara de cristal del comedor se desgranaba a pedazos sobre el mantel raído de la mesa. Las niñas adoraban a la tía. Ella las peinaba, las bañaba y les daba de comer. Cuando les leía cuentos se sentaban a su alrededor y levantaban con disimulo el volante almidonado de su falda para oler el perfume de guanábana madura que supuraba la pierna en estado de quietud.
Cuando las niñas fueron creciendo la tía se dedicó a hacerles muñecas para jugar. Al principio eran sólo muñecas comunes, con carne de guata de higüera y ojos de botones perdidos. Pero con el pasar del tiempo fue refinando su arte hasta ganarse el respeto y la reverencia de toda la familia. El nacimiento de una muñeca era siempre motivo de regocijo sagrado, lo cual explicaba el que jamás se les hubiese ocurrido vender una de ellas, ni siquiera cuando las niñas eran ya grandes y la familia comenzaba a pasar necesidad. La tía había ido agrandando el tamaño de las muñecas de manera que correspondieran a la estatura y a las medidas de cada una de las niñas. Como eran nueve y la tía hacía una muñeca de cada niña por año, hubo que separar una pieza de la casa para que la habitasen exclusivamente las muñecas. Cuando la mayor cumplió diez y ocho años había ciento veintiséis muñecas de todas las edades en la habitación. Al abrir la puerta, daba la sensación de entrar en un palomar, o en el cuarto de muñecas del palacio de las tzarinas, o en un almacén donde alguien había puesto a madurar una larga hilera de hojas de tabaco. Sin embargo, la tía no entraba en la habitación por ninguno de estos placeres, sino que echaba el pestillo a la puerta e iba levantando amorosamente cada una de las muñecas canturreándoles mientras las mecía: Así eras cuando tenías un año, así cuando tenías dos, así cuando tenías tres, reviviendo la vida de cada una de ellas por la dimensión del hueco que le dejaban entre los brazos.
El día que la mayor de las niñas cumplió diez años, la tía se sentó en el sillón frente al cañaveral y no se volvió a levantar jamás. Se balconeaba días enteros observando los cambios de agua de las cañas y sólo salía de su sopor cuando la venía a visitar el doctor o cuando se despertaba con ganas de hacer una muñeca. Comenzaba entonces a clamar para que todos los habitantes de la casa viniesen a ayudarla. Podía verse ese día a los peones de la hacienda haciendo constantes relevos al pueblo como alegres mensajeros incas, a comprar cera, a comprar barro de porcelana, encajes, agujas, carretes de hilos de todos los colores. Mientras se llevaban a cabo estas diligencias, la tía llamaba a su habitación a la niña con la que había soñado esa noche y le tomaba las medidas. Luego le hacía una mascarilla de cera que cubría de yeso por ambos lados como una cara viva dentro de dos caras muertas; luego hacía salir un hilillo rubio interminable por un hoyito en la barbilla. La porcelana de las manos era siempre translúcida; tenía un ligero tinte marfileño que contrastaba con la blancura granulada de las caras de biscuit. Para hacer el cuerpo, la tía enviaba al jardín por veinte higüeras relucientes. Las cogía con una mano y con un movimiento experto de la cuchilla las iba rebanando una a una en cráneos relucientes de cuero verde. Luego las inclinaba en hilera contra la pared del balcón, para que el sol y el aire secaran los cerebros algodonosos de guano gris. Al cabo de algunos días raspaba el contenido con una cuchara y lo iba introduciendo con infinita paciencia por la boca de la muñeca.
Lo único que la tía transigía en utilizar en la creación de las muñecas sin que estuviese hecho por ella, eran las bolas de los ojos. Se los enviaban por correo desde Europa en todos los colores, pero la tía los consideraba inservibles hasta no haberlos dejado sumergidos durante un número de días en el fondo de la quebrada para que aprendiesen a reconocer el más leve movimiento de las antenas de las chágaras. Sólo entonces los lavaba con agua de amoniaco y los guardaba, relucientes como gemas, colocados sobre camas de algodón, en el fondo de una lata de galletas holandesas. El vestido de las muñecas no variaba nunca, a pesar de que las niñas iban creciendo. Vestía siempre a las más pequeñas de tira bordada y a las mayores de broderí, colocando en la cabeza de cada una el mismo lazo abullonado y trémulo de pecho de paloma.
Las niñas empezaron a casarse y a abandonar la casa. El día de la boda la tía les regalaba a cada una la última muñeca dándoles un beso en la frente y diciéndoles con una sonrisa: “Aquí tienes tu Pascua de Resurrección.” A los novios los tranquilizaba asegurándoles que la muñeca era sólo una decoración sentimental que solía colocarse sentada, en las casas de antes, sobre la cola del piano. Desde lo alto del balcón la tía observaba a las niñas bajar por última vez las escaleras de la casa sosteniendo en una mano la modesta maleta a cuadros de cartón y pasando el otro brazo alrededor de la cintura de aquella exuberante muñeca hecha a su imagen y semejanza, calzada con zapatillas de ante, faldas de bordados nevados y pantaletas de valenciennes. Las manos y la cara de estas muñecas, sin embargo, se notaban menos transparentes, tenían la consistencia de la leche cortada. Esta diferencia encubría otra más sutil: la muñeca de boda no estaba jamás rellena de guata, sino de miel.
Ya se habían casado todas las niñas y en la casa quedaba sólo la más joven cuando el doctor hizo a la tía la visita mensual acompañado de su hijo que acababa de regresar de sus estudios de medicina en el norte. El joven levantó el volante de la falda almidonada y se quedó mirando aquella inmensa vejiga abotagada que manaba una esperma perfumada por la punta de sus escamas verdes. Sacó su estetoscopio y la auscultó, cuidadosamente. La tía pensó que auscultaba la respiración de la chágara para verificar si todavía estaba viva, y cogiéndole la mano con cariño se la puso sobre un lugar determinado para que palpara el movimiento constante de las antenas. El joven dejó caer la falda y miró fijamente al padre. Usted hubiese podido haber curado esto en sus comienzos, le dijo. Es cierto, contestó el padre, pero yo sólo quería que vinieras a ver la chágara que te había pagado los estudios durante veinte años.
En adelante fue el joven médico quien visitó mensualmente a la tía vieja. Era evidente su interés por la menor y la tía pudo comenzar su última muñeca con amplia anticipación. Se presentaba siempre con el cuello almidonado, los zapatos brillantes y el ostentoso alfiler de corbata oriental del que no tiene donde caerse muerto. Luego de examinar a la tía se sentaba en la sala recostando su silueta de papel dentro de un marco ovalado, a la vez que le entregaba a la menor el mismo ramo de siemprevivas moradas. Ella le ofrecía galletitas de jengibre y cogía el ramo quisquillosamente con la punta de los dedos como quien coge el estómago de un erizo vuelto al revés. Decidió casarse con él porque le intrigaba su perfil dormido, y porque ya tenía ganas de saber cómo era por dentro la carne de delfín.
El día de la boda la menor se sorprendió al coger la muñeca por la cintura y encontrarla tibia, pero lo olvidó en seguida, asombrada ante su excelencia artística. Las manos y la cara estaban confeccionadas con delicadísima porcelana de Mikado. Reconoció en la sonrisa entreabierta y un poco triste la colección completa de sus dientes de leche. Había, además, otro detalle particular: la tía había incrustado en el fondo de las pupilas de los ojos sus dormilonas de brillantes.
El joven médico se la llevó a vivir al pueblo, a una casa encuadrada dentro de un bloque de cemento. La obligaba todos los días a sentarse en el balcón, para que los que pasaban por la calle supiesen que él se había casado en sociedad. Inmóvil dentro de su cubo de calor, la menor comenzó a sospechar que su marido no sólo tenía el perfil de silueta de papel sino también el alma. Confirmó sus sospechas al poco tiempo. Un día él le sacó los ojos a la muñeca con la punta del bisturí y los empeñó por un lujoso reloj de cebolla con una larga leontina. Desde entonces la muñeca siguió sentada sobre la cola del piano, pero con los ojos bajos.
A los pocos meses el joven médico notó la ausencia de la muñeca y le preguntó a la menor qué había hecho con ella. Una cofradía de señoras piadosas le había ofrecido una buena suma por la cara y las manos de porcelana para hacerle un retablo a la Verónica en la próxima procesión de Cuaresma. La menor le contestó que las hormigas habían descubierto por fin que la muñeca estaba rellena de miel y en una sola noche se la habían devorado .“Como las manos y la cara eran de porcelana de Mikado, dijo, seguramente las hormigas las creyeron hechas de azúcar, y en este preciso momento deben de estar quebrándose los dientes, royendo con furia dedos y párpados en alguna cueva subterránea.” Esa noche el médico cavó toda la tierra alrededor de la casa sin encontrar nada.
Pasaron los años y el médico se hizo millonario. Se había quedado con toda la clientela del pueblo, a quienes no les importaba pagar honorarios exorbitantes para poder ver de cerca a un miembro legítimo de la extinta aristocracia cañera. La menor seguía sentada en el balcón, inmóvil dentro de sus gasas y encajes, siempre con los ojos bajos. Cuando los pacientes de su marido, colgados de collares, plumachos y bastones, se acomodaban cerca de ella removiendo los rollos de sus carnes satisfechas con un alboroto de monedas, percibían a su alrededor un perfume particular que les hacía recordar involuntariamente la lenta supuración de una guanábana. Entonces les entraban a todos unas ganas irresistibles de restregarse las manos como si fueran patas.
Una sola cosa perturbaba la felicidad del médico. Notaba que mientras él se iba poniendo viejo, la menor guardaba la misma piel aporcelanada y dura que tenía cuando la iba a visitar a la casa del cañaveral. Una noche decidió entrar en su habitación para observarla durmiendo. Notó que su pecho no se movía. Colocó delicadamente el estetoscopio sobre su corazón y oyó un lejano rumor de agua. Entonces la muñeca levantó los párpados y por las cuencas vacías de los ojos comenzaron a salir las antenas furibundas de las chágaras.