jueves, 27 de enero de 2011

Obsesión (Primera parte)


Era la tercera vez que su novio la invitaba al cine. Ya conocía el lugar, especialmente la pantalla gigante que nunca imagino en su vida, pues estaba acostumbrada a ver filmes en el televisor pequeño de su casa.
Sacaron boletos para la función de las siete y media, ya que a esa hora no había mucha gente, sólo niños y sus madres, las cuales como gallinas de corral los cuidaban, evitando que escaparan, siempre jugando a las bromas de mal gusto.
Pensando en la economía de sus bolsillos, compraron un paquete mediano de palomitas y dos latas de gaseosas fuera del local de golosinas que pertenecía al cine. El dinero escaseaba, no eran tiempos de despilfarros. Ir al cine era un pequeño gusto que se daban, premiando al amor y a la felicidad por mantenerse tantos años juntos, a pesar de los altibajos que hayan sufrido a lo largo de su relación.
La película era fantástica.
Alucinante para ella, pues el futuro siempre lo construía en base a sueños, no como el resto de personas, que generalmente construyen su mundo bajo estatus sólidos como mármol, donde es imposible la presencia de pequeñas piedras que puedan obstruir el trabajo de años. Ella era una soñadora empedernida, de eso no había duda. Y él no se quedaba atrás. A pesar que mostraba un carácter serio y firme, su vida estaba hecha de sueños que pensaba cumplir a mediano plazo. Sus sueños estaban constituidos por viajes, hijos malcriados (en el buen sentido) y amorosos, colecciones de carritos bombas y comics de Star Wars, poleras con estampados de sus grupos de música favoritas y estar siempre con ella. Eso lo tenía claro, pues siempre lo recalcaba, especialmente cuando ella sufría del ataque de celos.
Los celos para los que no conocían a esta singular pareja, podrían catalogarse de enfermizos, llegando a un estado de locura. Para él no representaban más que niñerías tiernas de parte de ella. Sólo de ella. Eso detestaba. Que él nunca le hiciera alguna escena de celos, por más mínima que sea. Parece extraño, ya que la mayoría desea que sus parejas sean comprensivas, evitando las discusiones por culpa de terceros que no tienen la culpa de nada. Y no deberían porque tenerla, ¿o a veces ocurre lo contrario?
La película finalizó. Risas y más risas se escuchaban en la sala número cuatro. La compra ilegal salió perfecta. Nadie del recinto se dio cuenta que habían palomitas y gaseosas tránsfugas en la cuatro.
Un estómago perfectamente mañoso empezó a dar señales de hambruna. No quedó otra que pasar a comprar a un lugar de comida rápida. El local de él. El local que ella odiaba, a causa de los horarios, pues pasaba gran parte del día sola en la casa, sin entretención. Su única acompañante era la televisión, que no aportaba mucho con sus programas faranduleros y de talentos algo perdidos.
Pidieron dos sándwiches para llevar a casa. La espera se hizo larga. El mismo chico entregando los pedidos. Alto y delgado. Poca armonía pensaba ella, especialmente si los compañeros de aquel muchacho eran algo rellenitos. Sonríe y espera impaciente la entrega de los panes con mayonesa casera. Su novio la abraza y le da un beso en la mejilla, como símbolo de amor.
Aquel muchacho se parecía a alguien, sí. Parecía haberlo visto en algún lugar. Pero no quería pensar en eso. No. No. Cualquier pensamiento hacia otra persona la descolocaba, más si su novio la acompañaba. Sentía culpa, sentimientos de estar haciendo algo mal, aunque no era algo malo, todo lo contrario. Esa cara la había visto, tal vez en la Universidad o en la calle. Se había obsesionado con saber de donde provenían aquellas facciones.
Más tarde, ya en su casa, jugando con las diversas aplicaciones de Facebook, se acordó del episodio del local de comidas, de nuevo esa imagen, esa persona desconocida pero conocida a la vez. Había un parecido con una chica que tenía de contacto en la red social. Se dispuso a buscar, pero desafortunadamente no halló nada. Se daba por vencido. Y le haría caso a su novio. “Sí, seguramente lo viste en la Universidad, ya te dije.”
Pensó que todo había acabado, pero ahora venía lo más difícil: culpa. ¿Por qué? Por haber pensado tanto en un desconocido, mientras su novio le hablaba de la serie que miraba todos los días.
(Aquella culpa podía utilizarla a su favor. Si hablaba harto de la situación, surgirían en él pequeños cristales que llevarían el nombre del sentimiento que ella esperaba y esperaba: celos.)
Ese desconocido no valía la pena, pero ella se sentía mal, y aparecía por su mente el concepto de infidelidad mental. “¿Cómo se lo digo?” “¿Cómo le digo que me siento mal por haber pensado en alguien ajeno a mí tanto tiempo?”

¿Entendería su novio aquella descabellada obsesión?


sábado, 22 de enero de 2011

Confesiones


Siento que mi vida es una película. Pero una película de esas malas para uno, no para el espectador, quien se siente feliz al estar frente a drama y llanterío.
Los protagonistas siempre son los más afectados, los que sufren, los que ven como su vida se despedaza por dentro, mientras un par de ávidos seres intentan conseguir el mejor asiento, las mejores palomitas y la mejor compañía que pueda ayudarlos a digerir las imagenes emotivas alucinantes.
Para mi no hay nada alucinante, sólo decepción, desesperanza, martirio, colores negros que juegan con la superficialidad de mi ser. No hay nada que hacer frente a un hecho del pasado. Muchas personas recomiendan olvidar y seguir adelante, como si nada hubiese pasado. Yo no puedo. Si de verdad existen los imposibles, ese sería mi imposible. Por más que lo intento, el recuerdo viene con fuerza, similar a un temporal de proporciones catastróficas. Los malditos recuerdos, esos espeluznantes recuerdos me siguen, me alcanzan, me toman y se introducen en mi cuerpo.
Todo ocurre cuando quedo expuesta a la soledad y a la inmovilidad. Por eso no me gustan las vacaciones, me hacen mal, me hacen recordar que no debo existir en la realidad, quizás en otra dimensión, pero no aquí, donde se le ha hecho daño a mucha gente por culpa de los pensamientos oscuros.
Pronto emprenderé un viaje, no me sentiré sola, pero volveré al lugar de los hechos, al menos ya no está esa cama fría y gris que albergó tanto dolor.
Hay tanto que decir, pero ya esta dicho. Y lo sabe la persona más importante. Con eso me basta. A pesar que la tristeza me embargué cada vez que me encuentre sola, esta la convicción de haber dicho la verdad a la persona que esta junto a mi, con la cual no hay secretos, donde todo es transparente, como debería ser siempre en cada relación, independiente de cual fuese: padres, amigos, pareja, etc.
No hay nadie en el mundo que sea como él, comprensivo y amoroso, dispuesto a escucharme y darme una palabra de aliento, de confortarme con sus abrazos y mimos para que me sienta bien y ya no piense en la banalidades horrorosas de la vida. Es por eso que me siento mal y con un poco de miedo, miedo porque dos días estaré sin él, físicamente. El miedo es fuerte y doloroso, tan fuerte que no me ha dejado contarle lo que me pasa, lo que siento. Muestro una cara pura, dulce y serena, tratando de decir que no pasa nada, que estoy bien, que no hay para que preocuparse. Pero la soledad esta haciendo de las suyas.

Es imparable y mortal.


fotografía: Raúl Rodriguez