El día se presentaba cálido, sin contratiempos. No había una sola nube que acompañará la majestuosa capa celeste de cielo.
- Es perfecto-. Se decía a sí misma. Perfecto para salir a dar una vuelta y olvidar aquellos recuerdos de la mañana, que no hacían más que producir nervios y descontrol en su organismo. La vida le había enseñado de golpe todo lo que debe aprenderse con mesura y por fases, y así sería menos drástico el cambio. Las secuelas podían generar trastornos graves en su personalidad y en las relaciones que, en un futuro, entablaría con sus más cercanos.
Aroma a canelo y ciruelos. Aroma a campo. Aroma a hierba fresca y tierna. Era ideal, pues la trasladaba a sus años más tiernos de infancia, donde no preocupaban los asuntos de los adultos, es más, las cosas de los adultos eran simples banalidades para ella. No graficaban en nada su mundo dulce, un mundo que existió hasta la adolescencia. Luego de eso, el mundo se tiñó de gris, entrando consigo abstracción e inusualidad.
A pesar de todo, hoy volvía a sonreír, a ser feliz. Sus manos tocaban suavemente las coloridas flores del jardín. Una abeja se posaba en una rosa blanca, extrayendo el polen de la flor.
Bajó las escaleras, abrió el portón y salió. A paso lento, caminó sin rumbo conocido. Sus acompañantes: un paraguas amarillo y un bolso de tela, elaborado con parches de diferentes telas.
Lo importante: apreciar la sencillez y la belleza de lo cotidiano.

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