Era la tercera vez que su novio la invitaba al cine. Ya conocía el lugar, especialmente la pantalla gigante que nunca imagino en su vida, pues estaba acostumbrada a ver filmes en el televisor pequeño de su casa.
Sacaron boletos para la función de las siete y media, ya que a esa hora no había mucha gente, sólo niños y sus madres, las cuales como gallinas de corral los cuidaban, evitando que escaparan, siempre jugando a las bromas de mal gusto.
Pensando en la economía de sus bolsillos, compraron un paquete mediano de palomitas y dos latas de gaseosas fuera del local de golosinas que pertenecía al cine. El dinero escaseaba, no eran tiempos de despilfarros. Ir al cine era un pequeño gusto que se daban, premiando al amor y a la felicidad por mantenerse tantos años juntos, a pesar de los altibajos que hayan sufrido a lo largo de su relación.
La película era fantástica.
Alucinante para ella, pues el futuro siempre lo construía en base a sueños, no como el resto de personas, que generalmente construyen su mundo bajo estatus sólidos como mármol, donde es imposible la presencia de pequeñas piedras que puedan obstruir el trabajo de años. Ella era una soñadora empedernida, de eso no había duda. Y él no se quedaba atrás. A pesar que mostraba un carácter serio y firme, su vida estaba hecha de sueños que pensaba cumplir a mediano plazo. Sus sueños estaban constituidos por viajes, hijos malcriados (en el buen sentido) y amorosos, colecciones de carritos bombas y comics de Star Wars, poleras con estampados de sus grupos de música favoritas y estar siempre con ella. Eso lo tenía claro, pues siempre lo recalcaba, especialmente cuando ella sufría del ataque de celos.
Los celos para los que no conocían a esta singular pareja, podrían catalogarse de enfermizos, llegando a un estado de locura. Para él no representaban más que niñerías tiernas de parte de ella. Sólo de ella. Eso detestaba. Que él nunca le hiciera alguna escena de celos, por más mínima que sea. Parece extraño, ya que la mayoría desea que sus parejas sean comprensivas, evitando las discusiones por culpa de terceros que no tienen la culpa de nada. Y no deberían porque tenerla, ¿o a veces ocurre lo contrario?
La película finalizó. Risas y más risas se escuchaban en la sala número cuatro. La compra ilegal salió perfecta. Nadie del recinto se dio cuenta que habían palomitas y gaseosas tránsfugas en la cuatro.
Un estómago perfectamente mañoso empezó a dar señales de hambruna. No quedó otra que pasar a comprar a un lugar de comida rápida. El local de él. El local que ella odiaba, a causa de los horarios, pues pasaba gran parte del día sola en la casa, sin entretención. Su única acompañante era la televisión, que no aportaba mucho con sus programas faranduleros y de talentos algo perdidos.
Pidieron dos sándwiches para llevar a casa. La espera se hizo larga. El mismo chico entregando los pedidos. Alto y delgado. Poca armonía pensaba ella, especialmente si los compañeros de aquel muchacho eran algo rellenitos. Sonríe y espera impaciente la entrega de los panes con mayonesa casera. Su novio la abraza y le da un beso en la mejilla, como símbolo de amor.
Aquel muchacho se parecía a alguien, sí. Parecía haberlo visto en algún lugar. Pero no quería pensar en eso. No. No. Cualquier pensamiento hacia otra persona la descolocaba, más si su novio la acompañaba. Sentía culpa, sentimientos de estar haciendo algo mal, aunque no era algo malo, todo lo contrario. Esa cara la había visto, tal vez en la Universidad o en la calle. Se había obsesionado con saber de donde provenían aquellas facciones.
Más tarde, ya en su casa, jugando con las diversas aplicaciones de Facebook, se acordó del episodio del local de comidas, de nuevo esa imagen, esa persona desconocida pero conocida a la vez. Había un parecido con una chica que tenía de contacto en la red social. Se dispuso a buscar, pero desafortunadamente no halló nada. Se daba por vencido. Y le haría caso a su novio. “Sí, seguramente lo viste en la Universidad, ya te dije.”
Pensó que todo había acabado, pero ahora venía lo más difícil: culpa. ¿Por qué? Por haber pensado tanto en un desconocido, mientras su novio le hablaba de la serie que miraba todos los días.
(Aquella culpa podía utilizarla a su favor. Si hablaba harto de la situación, surgirían en él pequeños cristales que llevarían el nombre del sentimiento que ella esperaba y esperaba: celos.)
Ese desconocido no valía la pena, pero ella se sentía mal, y aparecía por su mente el concepto de infidelidad mental. “¿Cómo se lo digo?” “¿Cómo le digo que me siento mal por haber pensado en alguien ajeno a mí tanto tiempo?”
¿Entendería su novio aquella descabellada obsesión?
1 comentario:
Un novio enamorado entiende lo que sea si existe amor de por medio, si no fuera asi no lo entenderia o bien le daria lo mismo.
No se donde termina el escrito y donde comienza la realidad, la verdad es que parece un recuerdo de algun viejo capitulo de una serie de tv, en que la(el) protagonista narra los hechos que recuerda en una tarde nostalgica.
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