Después de unas vacaciones extremadamente surrealistas, vuelvo a mi querido planeta Tierra, donde los seres "humanos" respetan a toda vida existente, donde el día se convierte en las mil y un noches, donde las manecillas del reloj van en sentido inverso y el tiempo alcanza para soñar y volar con las aves de color azul, un azul brillante que me recuerda un día de campo, sentada bajo un árbol comiendo un durazno mientras el pelaje del gato romano roza mi piel. Y me voy quedando dormida, con el aroma de las orquídeas, imaginando que las palabras no se las lleva el viento.

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